NOTA: A la hora de publicar esto, NO he visto ni un episodio de la temporada 4 de Sherlock.

Este artículo no versa sobre lo gilipollas que es Steven Moffat.

Pero merece la pena señalarlo. Steven Moffat, showrunner de Sherlock, es un gilipollas. Si queréis averiguar por qué, aquí tenéis un artículo, y otro más, y hasta un Tumblr dedicado a la crónica de sus gilipolleces. Para los que no quieran leer: el buen hombre es un poquillo misógino, un poquillo homófobo y un poquillo cretino en general, y esto no sienta bien a mucha gente porque a mucha gente no le sientan bien los misóginos homófobos cretinos. ¿Qué por qué merece la pena señalarlo? Porque la discusión sobre la serie Sherlock está totalmente dominada por su problemática figura, hasta el punto de que no mencionarle en este artículo equivaldría a ser deliberadamente obtuso.

Y es una pena, porque Sherlock es una serie encomiable.

“Vivimos en la edad de oro de las series de televisión”. Chupito. “La mejor ficción audiovisual contemporánea se hace en la televisión”. Chupito. “La narrativa que se ve en la televisión es más compleja, rica y adulta que la que se ve en una sala de cine”. Llamen a una ambulancia, este hombre ha entrado en coma etílico. Sin tonterías: todos hemos oído esto y muchos hasta nos lo creemos. Las series son el nuevo cine. Y tampoco es mal discurso, porque a nivel de guión se están haciendo cosas extraordinarias.

Más que eso: la televisión ofrece una constante sensación de crecimiento. De mejora. “Comparado con hace unos años, las series de ahora son increíbles”. Sin duda. Aunque se deba a que las series de “hace unos años” eran más bien patateras. Aunque se trate de un constructo psicológico que no durará, porque la sensación de mejora no puede durar (y ya da visos de estar llegando a un límite). Da igual. Las series de hoy están muy bien. No lo pongo en duda.

Pongo en duda que estén a la altura del cine en lo que a arte audiovisual se refiere.

Porque no tienen, en fin, ni mucho “audio” ni mucho “visual”.

El guión es importante. Qué coño, es lo más importante. Digo esto porque soy guionista (fracasado) y porque el viejo dicho “un buen guión puede salvar una mala dirección, pero no al revés” es la pura verdad. La “edad de oro de las series” se basa en unos guiones no sólo cada vez más ambiciosos y perfeccionados, sino ejecutados dentro de unos formatos cada vez más flexibles capaces de acomodar nuevas voces, narrativas y estructuras. Pero es que el cine no sólo va de eso.

El cine es un lenguaje visual (¡y sonoro!) perfeccionado a lo largo de décadas y organizado en signos poco comentados (picados, contrapicados, primeros planos, travellings, docenas y docenas de cortes, iluminación) que todo espectador absorbe de manera instintiva, entienda o no el efecto que produce un corte o un movimiento de cámara concreto. Colocar la cámara encima o debajo de los ojos confiere a la escena un empaque diferente, cosas así. Un lenguaje tan complejo y rico en matices que ni todos los libros escritos al respecto alcanzan a cubrirlo en su totalidad. Hay millones de maneras de encuadrar, de posicionar, de montar y de iluminar, y trillones de maneras de combinar una cosa con la otra. Innumerables elecciones que tomar en cada minuto de metraje.

La televisión suele hacer uso de un porcentaje minúsculo de estas posibilidades artísticas en comparación con el cine.

Cuando veo una serie de televisión, veo, en el noventa y nueve por ciento de los casos, algo hecho deprisa. Todas las conversaciones suelen hacer uso del plano-contraplano y todos los encuadres obedecen a la necesidad de transmitir información literal (¡están en este sitio! ¡Y está pasando esto! ¿Alguno se pierde? ¡Ahora lo repetimos!). Es normal, porque el tiempo de producción destinado a una serie es muy corto en comparación con el de un largometraje. El equipo de rodaje de, por ejemplo, Juego de Tronos cuenta con muchísimo menos tiempo por hora de metraje final requerida que el de la peli indie más modesta. No suele haber tiempo para florituras: cámara A, cámara B, triángulo de iluminación básico, cuatro tomas y para casa. ¿Por qué creéis que se tarda menos en rodar una temporada entera de una serie que en rodar una película, que no dura tanto? Porque, en televisión, el apartado visual se mima mucho menos. Por exigencias de la industria.

Porque, y esto es un hecho, lo visual se ha revelado como netamente innecesario. La gente responde a los buenos guiones y a las buenas actuaciones. ¿Por qué iba un productor a invertir más tiempo y dinero en preparar algo con mayor punch visual si el retorno de inversión se va a ver afectado?

“Pero hay series que lucen de cojones”, me dicen muchos. “Mira House of cards, mira Juego de tronos o The Wire”. Oh, sí, tienen buen aspecto. Su apariencia externa es impecable. Buenas cámaras, buena iluminación, planos bonitos con los que adornar un salvapantallas o una foto de portada en Twitter. Eso es fácil, y da el pego. Lo normal es que equiparemos calidad visual con “planos bonitos” (no es una opinión clasista por mi parte, ¡en mi carrera me enseñaron que era así!) Lo que pasa es que los planos bonitos son sólo el maquillaje.

El verdadero arte audiovisual es música.

No se trata sólo de encuadrar bien. Ni de montar las cosas de manera dinámica. Ni de la luz, ni de mover la cámara con fines narrativos, además de expositivos. Se trata de hilvanar todo lo anterior para elaborar un conjunto armonizado que afecte al espectador de la misma manera que puede afectarle una orquesta con bailarines profesionales. Cada instrumento tiene una técnica, y cada paso de baile es un arte en sí mismo, pero lo que cuenta es el efecto final. El retablo de idas y venidas, tanto físicas como musicales, que terminan en un crescendo como Belenos manda. Esto es lo que uno se encuentra cuando va a ver una película de un buen director como puede ser Steven Spielberg: la cámara se mueve acompañando a movimientos físicos sutiles, los cortes se acompasan con la música o con las miradas de los intérpretes… es una maravilla. Y requiere tiempo, tiempo y planificación. Algo que las series de televisión actuales no tienen. Porque no les dejan.

Me gustaría que echaseis un vistazo a este clip de Breaking Bad. Es de la última temporada, pero no revela nada de la trama. Se trata de una muestra de cómo se puede mover la cámara para narrar, y no sólo para mostrar o para añadir textura inane. Está muy bien… pero es que esto es de lo mejor que la serie puede hacer, y sigue siendo un juego de niños para cualquier cineasta en condiciones. De verdad, es una tontería. Si se dedica un vídeo ilustrativo a algo tan sencillo como esto es porque la televisión está sedienta de innovación formal. Ni se miraría dos veces en el caso de ser un film.

Sin duda habrá muchas más que desconozco, pero yo sólo conozco dos series que estén a la altura del cine en materia de elegancia audiovisual, y ambas contaron con mucho tiempo para planificar y rodar. Una de ellas es la incomensurable The Get Down: un ejercicio de habilidad, frescura y energía que aúna todas las herramientas a disposición del medio para transmitir un guión brillante con potencia y brío inéditos en la pequeña pantalla.

La otra es Sherlock.

Los ejemplos hablan en este caso mejor que las simples opiniones sin fundamento (que es lo que he estado haciendo hasta ahora porque es fácil y estamos a primer lunes de año, dejadme vivir), así que vamos con unos cuantos.

Este clip, que señala el primer encuentro entre Sherlock y John, es una muestra de brillante posicionamiento de cámara y planificación de movimientos dentro de un escenario. Mirad cómo la cámara no deja de pegarse a los personajes (casi siempre con teleobjetivo, lo que les encierra en una profundidad de campo muy estrecha), cómo sigue a Sherlock por toda la sala, cómo se va cerrando progresivamente (y opresivamente) en torno a John. Cómo, cuando John decide contraatacar, la cámara pasa a situarse no fuera, sino dentro del espacio físico que le separa de Sherlock (¡hola, hermanos Coen!). Mirad cómo docenas de microdecisiones ayudan a los personajes a parecer más grandes, más pequeños, más frágiles o poderosos dependiendo de lo que haga falta. Y no sólo es eso: la música puntúa y subraya todo constantemente (¡los correazos de Sherlock van al compás!). Es brillante, y si uno echa un vistazo a la escena análoga de Elementary, el Sherlock Holmes estadounidense (según muchos, mejor escrita), verá la diferencia. No hay comparación en lo referente a la potencia visual, porque comparar ambas escenas es comparar la elegancia con la simple funcionalidad.

Hay muchos más ejemplos, algunos mucho más impresionantes, de lo que estoy diciendo. Uno de mis diálogos favoritos no ya de la serie, sino de la ficción en general, es el que mantienen Sherlock y John en el invernadero durante el especial de Navidad “La Novia Abominable”. Un juego sutil de miradas, de encuadres a través de ventanas y de movimientos de cámara que acompañan al devenir de la conversación dependiendo de cuál de los dos personajes lleve la voz cantante. Me da pena no tener un vídeo a mano, porque es una maravilla.

Pero lo que hace genial a Sherlock no es eso.

Es el montaje.

La persona a cargo de editar las dos primeras temporadas de la serie, Charlie Philips (fallecido en 2015) merece todos los premios del mundo aparte del par de BAFTAs que se llevó. Porque es un chute de adrenalina e inventiva en un medio que las necesita como el comer.

Mirad esta escena del primer episodio, donde Sherlock cuenta “cómo lo ha hecho”.

En serio, mirad esto.

Esta manera de editar, mezclando sonido, movimientos, planos dentro de planos, cámara lenta y cámara rápida… esa manera de puntuarlo y aglutinarlo todo con la manera única de hablar, como de androide, que nos trae Benedict Cumberbatch… y esa manera de hilar la música para que primero sitúe, luego subraye y por último culmine todo en un punto final que hace entrar la frase de John (“that… was… AMAZING”) como si fuera whisky de bueno. Ese suspiro final de Sherlock al decir “the police don’t consult amateurs”, como si acabase de decir “chimpún” tras echar el polvazo de su vida, mientras la banda sonora afloja por fin la presa sobre el espectador…

A esto, amigos, se le llama música.

Esto es lo que pasa cuando varios elementos se combinan para formar una troupe de baile en condiciones. Esto es montaje audiovisual de primerísimo orden. Esto es la hostia en bicicleta.

(¿Os habéis fijado de que la persona a la derecha del plano es la que siempre está en posición dominante, y que durante un breve instante es John quien, a través del espejo retrovisor, ocupa esa posición cuando pone nervioso a Sherlock? No, seguramente no. Pero vuestro cerebro sí se ha fijado).

Cuando digo que el audiovisual da mucho más de sí, digo que el estándar debería ser éste.

Lo que nos lleva a la definición de “estándar” y, por si lo habíais olvidado, al hecho de que Steven Moffat es un gilipollas.

Veréis, mi posición es ésta: Sherlock es una serie estupenda porque me ofrece un empaque audiovisual muy raro de ver en la tele. Pero lo que pasa es que a mucha gente esto se la remampinflará. Mucha gente considera esto algo secundario en comparación con asuntos mucho más relevantes, como puede ser el tratamiento de las mujeres en la serie (horrible), el queerbaiting (de libro) o la ausencia general de calor humano, presente sólo a través de un prisma de retorcida masculinidad robótica que deja mal sabor de boca.

Esta gente tiene razón.

En serio, la tiene. Que a mí me guste la serie por una serie de cosas y que esté dispuesto a perdonar otras no quiere decir que desprecie las razones por las que la conversación alrededor de Sherlock esté dominada por sus problemas de discurso. Porque la gente no se enfada por tonterías: Moffat es responsable de lo que dice y de lo que la gente entiende, porque ése es el sino de todo autor. Que no se me malinterprete: no quiero callar bocas. Esto no va de decir que “es que no os gusta la serie porque no veis lo que yo veo”. Hay muchos textos brillantes sobre por qué Sherlock falla en más de un sentido, y todos ellos son necesarios.

Yo sólo quiero aportar un enfoque distinto. No excluyente, espero que enriquecedor, creo que igual de válido. Articulado en base a una experiencia personal. Todos tenemos líneas rojas; yo no estoy dispuesto a leer nada de Orson Scott Card porque le considero mi enemigo personal, pero no despreciaré al que sí quiera perdonar su cruzada contra los homosexuales. Asimismo, cuando yo alabo una serie problemática he de reconocer por qué lo es, y asumir que mi aporte va dentro de una conversación que trata sobre lo que trata.

Steven Moffat tiene tendencia a esbozar escenas en base a la dominación. Siempre hace lo mismo: sus personajes dominan o son dominados: casi nunca están en posición de igualdad. Teniendo esto presente, mi responsabilidad al decir que me gusta Sherlock es no dominar la conversación.

Mi responsabilidad es enriquecerla.

Feliz año a todos.

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Un comentario en “Hablemos de líneas rojas y de la música audiovisual en Sherlock

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