“Las buenas películas tienen arcos de personaje”.

Este consejo para escritores es, junto a “hay que seguir la estructura de tres actos” y “escribe lo que sabes”,  uno de los más dañinos que existen para novatos y veteranos por igual. No por ser un mal consejo en sí, sino porque se tiende a ver como una herramienta en vez de cómo lo que es: un titular que resume lo irresumible. No es cierto que una buena historia tenga que hacer cambiar a los personajes, sino que las buenas historias tienen, en sí mismas, el cambio de estatus quo como base de su narrativa y que lo más normal es que ese cambio se articule mediante cambios en los propios personajes (que, de forma ideal, articulan la trama). Pero no hace falta. Hay grandísimas historias que se centran en personas que no cambian un carajo; lo que pasa es que no abundan. Porque no son “lo que hay que hacer”.

Lo que significa que Los del túnel es una pequeña joya.

Este film, que os recomiendo ir a ver cagando melodías porque cagando melodías va a desaparecer de las taquillas españolas, es “obviamente bueno” por muchas razones. Se pueden enumerar fácilmente: ¡comedia visual a lo Edgar Wright! ¡Casting perfecto! ¡Arturo Valls lo peta (en serio, es esencial) y si te cae mal de entrada la película gana enteros! ¡Voluntad de ser “algo más” sin por ello copiar ciegamente algunos mecanismos americanos! ¡Actuaciones basadas en el trabajo en equipo cuando todos los actores podrían, si quisieran, comerse la peli con patatas! ¡Sabio uso del atajo y del cliché! Pepón Montero dirige de cojones y, en combinación con Juan Maidagán, escribe también de cojones, lo que desemboca en un humor basado en personajes que crean situaciones más que en situaciones que crean personajes… Me puedo seguir deshaciendo en elogios (¡hasta el tagline del poster es divertido!), pero es que esto sólo es, insisto, lo “obviamente bueno”. Luego ya está lo que a mí me ha dejado picueto. Lo que tiene que ver con el “arco de personaje”.

¿No os toca los cojones que el mundo parezca exigirnos todo el rato un cambio a mejor?

Porque yo hay veces que no lo aguanto. No aguanto sentirme mal porque otros se sientan bien. No aguanto no poder regodearme un poco en mi propia mala suerte sin que se me mire como un fracasado. No aguanto que se “luche” contra las enfermedades, que se ponga por sistema buena cara al mal tiempo y que, en general, se considere “peor” a la gente que o no puede cambiar, o no tiene voluntad para ello, o no tiene la suerte necesaria para conseguirlo o que, simplemente, no quiere porque tampoco está tan mal como está, de verdad. Y todos tenemos claro que cambiar a mejor es algo bueno (nos ha jodido mayo con las flores), pero es que el problema no es ése. El problema es que hemos convertido el desarrollo personal en un requerimiento, y la historia de superación en un estándar de calidad. Y no hay ámbito donde esto sea más prevalente que en el arte de la ficción.

La “historia de superación” ha pasado, en cierta medida, de ser un discurso a ser un simple mecanismo. Una herramienta retórica. Un libro de Paulo Coelho. Una mentira que contamos no ya a otros (“¡puedes superarlo!”), sino a nosotros mismos. Algo que sienta bien no ya conseguir, sino creer.

Los del túnel es, durante su primera mitad, la historia de un cretino. Un grupo de personas sobrevive a un accidente terrible y resuelven ayudarse mutuamente a mejorar sus (putapénicas) vidas. Uno se decide a salir del armario, otra se plantea escribir un libro, una familia trata de arreglar sus diferencias y uno casi ve cómo la cara del aguerrido policía Raúl Cimas se va transmutando en la del puto Tom “believe in me who believes in you” Hanks. El único que sigue igual es Toni (Arturo Valls explotando al máximo su sin par habilidad para ser la persona más hostiable de una habitación), comercial cuñao tonto del haba que empieza a darse cuenta de que el único que no está arreglando los numerosos problemas de su vida es él.

La primera hora de metraje es tan, pero tan hábil al venderte como cierto este escenario (Toni es un imbécil y tiene que cambiar cuanto antes) que lo que viene después te da un guantazo tal que el acomodador te tiene que venir a decir que te vayas levantando de la silla, que no hay escena poscréditos ni nada parecido.

Porque (y a partir de aquí he de marcar SPOILERS hasta el final del artículo para el que no haya visto la película todavía) los supervivientes no están cambiando a mejor: sólo están autoengañándose porque se han enganchado a la idea de cambiar a mejor. El policía aguerrido no tiene ni idea de lo que hace y sólo busca sentirse como en una película; la que quiere ser escritora no lo será en la vida y le oculta a su amante que fuma porros; la familia que viene jodida de fábrica no está mejor porque haya pasado una hora y veinte minutos de peli; el inmigrante colombiano no estaba tan mal y su familia ni siquiera quería venirse a España, por mucho que los altruistas supervivientes insistan en que es “lo mejor”. Esto va aderezado con pequeños detalles que apuntan a que quizá Toni no es tan, tan cretino como creíamos, o al menos no tan inferior a los demás como ellos creían conveniente asumir (¿os fijasteis en que el que cargaba con un herido al principio del film era él? ¿En que sí se llevaba bien con las personas del hospital, que no tenían razón egoísta para despreciarle? ¿En que les regaló fotos a todos con la mejor intención del mundo?)

Tampoco es tan cretino como el público asume. Y he ahí el asunto: al final de la película, el único que cambia a mejor es el cuñao gilipollas. No porque se le haya forzado a ello. No porque no tuviera problemas que arreglar (los tiene, y enormes). No gracias a la crisis existencial que sufre por culpa de sus aparentemente estupendos camaradas supervivientes…

Cambia porque su mujer le manda un vídeo.

Porque el único acto genuinamente altruista, hecho con verdaderas ganas de ayudar y no nacido de un deseo personal más o menos egoísta de toda la película es ése. La mujer del idiota parece una pánfila sinsangre, claro, pero acaba descubriendo que algo va mal y, oiga, trata de arreglarlo. ¿Con torpeza? Sí. ¿Al máximo de su habilidad? También. Se trata de un esfuerzo imperfecto, pero es un esfuerzo sincero.

Y claro, uno acaba entendiendo que lo que la película más valora no es ni el esfuerzo por cambiar a mejor ni la voluntad, acertada o no, de quedarse como uno está… sino la sinceridad, en sí misma. Sinceridad para con los demás y, sobre todo, para con nosotros.

Es un discurso peliagudo, el de Los del túnel. Rozando la peligrosa máxima, tan española ella, del “virgencita, que me quede como estoy”. Un discurso que el film machaca tanto en los diálogos (“pero si eres un tío de puta madre”) como en lo visual (los supervivientes salen por el mismo sitio por el que entraron) e incluso lo sonoro (la cinta de los Pecos en bucle infinito, que añade la especia necesaria para que entre la frase final y, por tanto, toda la obra). Habría sido fácil convertir esto en un alegato cínico, en una simple protesta contra el bienquedismo y la autosuperación hecha en una cadena de montaje. En una excusa para aquellos que no quieren cambiar. Por fortuna, estamos ante una gran película que se vale del humor (esta historia, como la muy similar -a su manera- BoJack Horseman, sólo se entiende en forma de comedia) para desvelar verdades humanas. Y eso la hace trascender.

Los del túnel entiende que el verdadero arco no es el de personaje: es el de la audiencia. El arco de alguien que pasa de entender lo que un grupo de personas quiere ser para entender lo que realmente son. Y por eso es una de las mejores comedias que he visto en los últimos años.

Y os vendría bien ir a verla, creo yo.

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