Escribo esto asumiendo que no sabéis quién es Lucia Berlin (pronunciado Lúsia Bérlin) y que os hace falta leerla, lo que me pone en un brete bien gordo porque la grandeza de esta mujer es irresumible. Puedo poner varios ejemplos u ofrecer kilo y medio de razones por las que Manual para mujeres de limpieza (recopilación de sus mejores cuentos llevada a cabo por Alfaguara) es imprescindible y de hecho lo haré, pero ni va a bastar ni, supongo, va a convencer al que no se fíe de mí, así que lo dicho: un marrón. ¿Que por qué Berlin escribe Bien con B mayúscula? Porque dice la verdad, y creo que ése es el único resumen auténtico que se puede hacer de su obra.

El asunto de la “verdad” es bastante jodido porque es a) el núcleo absoluto del arte, y b) una palabra muy dada a que la tergiversen para decir gilipolleces. En el arte y en general. Es muy fácil hacer cabriolas con la semántica para convertir frases como “el escritor ha de ser sincero” en bombas de racimo con cuarenta significados diferentes, lo que significa que solemos abordar la conversación sabiendo de qué hay que hablar pero no en qué términos. ¿Qué es “decir la verdad”? Para mí, consiste en tener un ancla clara en la realidad, entendida ésta como experiencia personal.

¿Es esto una gilipollez de las que he hablado antes? Posiblemente. ¿Nos ayuda a dejar claro por dónde voy? Lo bastante, imagino, así que sigamos por aquí.

No creo que haya texto que defina mejor lo que era Berlin que éste de Lydia Davis, una de sus amigas y una escritora brillante por derecho propio. Todos los párrafos valen oro sólo por el cariño y la admiración sin paliativos que transmiten, pero éste en concreto me parece digno de reproducción:

She said the story had to be real—whatever that meant for her. I think it meant not contrived, not incidental or gratuitous: it had to be deeply felt, emotionally important. She told a student of hers that the story he had written was too clever—don’t try to be clever, she said. She typeset one of her own stories in hot metal on a Linotype machine, and after three days of work threw all the slugs back into the melting pot, because, she said, the story was “false.”

“Deeply felt, emotionally important”. Te paras a pensar en estas cuatro palabras y te acabas dando cuenta de que sólo describen cosas que ya han pasado, y concretamente que ya han pasado por ti. Sólo las experiencias pueden sentirse muy hondo y revestir importancia emocional, y aquí es donde viene la madre del cordero:

La vida de Lucia Berlin es la-pu-ta-hos-tia.

Merece la pena dedicarle párrafo aparte. Padre minero, infancia jodida con escoliosis y madre alcohólica, adolescencia de clase alta en Santiago de Chile (se fumó su primer piti con el príncipe Alí Khan) con visitas esporádicas a los barrios de chabolas acompañada de una profa misionera-feminista. Más tarde fue a Nuevo México y cabalgó dos idiomas y tres maridos antes de ir a Nueva York y volver otra vez a la frontera para trabajar en la Universidad. Fue profesora de secundaria, recepcionista en una consulta de ginecología, ayudante de enfermería en la sala de urgencias de un hospital y limpiadora de hogares; trabajos breves y fragmentados por culpa de su alcoholismo, del que logró salir. Es curioso que su final fuera plácido y para nada explosivo, aunque sí prematuro, como una de esas canciones que terminan en fundido y de las que quieres escuchar sólo un poco más. Como el final de todos sus cuentos.

Ahí reside la clave: los cuentos de Lucia Berlin son increíbles porque su vida lo fue, y esto no lo digo a la ligera porque todos los textos de esta mujer hablan sobre sus vivencias. Hablan de Nuevo México, de barreras entre culturas, de olores y sabores (yo viví en México y os garantizo que, efectivamente, el país huele y se siente como ella lo describe; benditos sean los escritores que recuerdan que tenemos nariz), de niñas solitarias, del horror cotidiano que te encuentras en una sala de urgencias. Hablan de alcoholismo, de la amargura de los últimos días y de sucesos que dan risa de puro estúpidos que son (tres palabras: implantes de pecho explosivos). Pero lo realmente increíble es que ninguno de estos relatos cuenta la vida de Berlin tal cual: sólo cuentan vivencias, que pueden ser reales o no pero siempre son verdaderas.

Ahí está la clave de todo. Los cuentos de Berlin son verdaderos. Uno de los primeros que hay en Manual de mujeres de limpieza habla de cómo una niña (siempre son niñas, o adolescentes, o mujeres adultas, o ancianas; sólo en dos ocasiones hay un narrador masculino, y aun entonces siguen siendo ella) ayuda a su abuelo dentista a sacarse todos los dientes de la boca. ¿Ocurrió algo así en la realidad? No se sabe. ¿Podría haber ocurrido? Me lo creo. ¿La Berlin real tuvo un abuelo dentista? Sí.

¿Importa que la realidad se corresponda con lo verdadero?

Poco. Importa poco.

Todo lo que digo puede verse con nitidez cuando uno se da cuenta de que no hay un “estilo Berlin”. No realmente. Cada historia está contada de la manera que esa historia requiere, acortando o alargando frases según convenga o adaptando el vocabulario a la voz que narra. Esto sólo es obvio en obras con dos voces muy diferenciadas, como Mijito; aquí hay un pasaje escrito desde el punto de vista de una mujer joven, analfabeta y mexicana:

El médico fue muy dulce con Jesús y dijo que era “bonito”, pero pensó que yo lo había lastimado, señaló las marcas moradas en los brazos. No me había dado cuenta hasta entonces. Es verdad. Lastimé a mi bebé, mijito. Fui yo quien se las hice la noche antes, cuando no paraba de llorar. Estaba conmigo, tapado bajo las mantas. Lo abracé fuerte.

—Calla, calla, deja de llorar, basta, ¡basta!

Nunca lo había agarrado así antes. Jesús no lloró ni más ni menos.

Aquí hay otro pasaje del mismo cuento pero escrito desde el punto de vista de una auxiliar de enfermería:

La doctora Rook se encarga de la mayor parte de niños discapacitados o en estado vegetativo, pero no sólo porque es una buena cirujana. Escucha a las familias, se preocupa por ellas, así que le derivan a muchos pacientes.

Hoy hay uno detrás de otro. Los niños en su mayoría son más mayores y crecidos. Peso muerto. Tengo que alzarlos a pulso y sostenerlos mientras ella quita la sonda usada y les coloca una nueva. La mayoría no pueden llorar. Salta a la vista que debe ser muy doloroso, pero no hay nada más que las lágrimas que resbalan y que se les meten por los oídos y ese espeluznante chirrido ultraterrenal, como una verja herrumbrosa, del fondo de las entrañas.

La diferencia entre ambas voces es evidente en su textura, pero lo relevante es la capacidad de variar la manera de contar las cosas según la necesidad del texto y de lo que se quiere contar. El “estilo habitual” de Berlin se acerca mucho más al del segundo pasaje que al del primero, pero es que el primer pasaje no necesitaba un estilo. Necesitaba otra cosa. Un escritor (y aquí me veo obligado a señalar que el masculino no es genérico) habitual habría cogido su estilo estándar y habría vestido con él todos sus textos, pero Lucia Berlin es de todo menos “habitual”. Al contrario: es alguien capaz de subordinar la necesidad de la historia al ego, incluso cuando dicha historia se articula a vivencias registradas por el ego… “don’t try to be clever, she said”. Ya sabéis. Esto sólo se lo he visto hacer a Berlin y al gran Richard Matheson, del que ya hablé en su día, y es la marca de los verdaderos genios.

Pero no hablo de eso cuando hablo de sinceridad. Me refiero a esa sensación que uno tiene al leer el pasaje de la auxiliar de enfermería. Esa mezcla aséptica pero cálida de profesionalidad y compasión que describe un horror clínico con la mirada franca de alguien que literalmente ha estado en una sala de urgencias y que ya no tiene paciencia para tonterías porque sabe de qué va la cosa. Esto está directamente relacionado con el hecho de que Berlin sólo escriba sobre su propia vida y resulta en una escritura donde las fantochadas y el hablar de oídas brillan por su ausencia. Esta acojonante mujer no habla de oídas jamás, como puede verse en este otro pasaje:

Las señoras siempre suben la voz un par de octavas cuando les hablan a las mujeres de la limpieza a o a los gatos. Mujeres de la limpieza: nunca os hagáis amigas de los gatos, nunca les dejéis jugar con la mopa, con los trapos. Las señoras se pondrán celosas. Aun así, nunca los ahuyentéis de malos modos de una silla. En cambio, haceos siempre amigas de los perros, pasad cinco o diez minutos rascando a Cherokee o Smiley nada más llegar. Acordaos de bajar la tapa de los inodoros. Pelos, goterones de baba.

“Esta mujer ha sido mujer de la limpieza”. Es tan incontestable que ni siquiera hacen falta pruebas (real no equivale a verdadero, ¿os acordáis?), porque las palabras escritas desde la autoridad no requieren filigranas.

Mirad este otro pasaje:

Normalmente, llevo bien envejecer. Hay cosas que me dan una punzada de nostalgia, como los patinadores. Qué libres parecen, deslizándose con sus largas piernas, el pelo suelto al viento. Otras cosas me dan pánico, como las puertas del metro. Una larga espera antes de que se abran, cuando el tren se para. No muy larga, pero más larga de la cuenta. No hay tiempo.

Le habría sido fácil describir la sensación de envejecer mediante un texto introspectivo. Vestir las frases de lentejuelas, enmascarar, contar las cosas mediante maniobras evasivas. Ocultar. Pero no le hace falta, porque eso lo ha escrito alguien que sí ha sentido esa sensación de “vamos, ábrete ya” ante la puerta de un metro. Yo no entiendo esa sensación porque aún soy joven, pero me sigue pareciendo verdadera.

De verdad que esta sensación de “no te miento” está hasta en las partes más aparentemente inanes, como cuando empieza un relato escribiendo:

Nunca se oyen sirenas en la sala de urgencias: los conductores las apagan en Webster Street.

No hay “poesía” aquí. No hay ningún paso de baile. Ningún “dejé de oír las sirenas como quien dejaba de oír un grito de socorro y bla, bla”. Berlin, simplemente,  curró en urgencias y sabe que las ambulancias apagan la sirena al doblar la esquina y sabe también que esta imagen mental tiene valor por sí misma. Las acrobacias las deja para aquellos escritores que osen hablar de lo que no saben.

Imágenes. A veces me da la sensación de que los escritores (aquí sí es genérico, y mucho) viven con miedo a las imágenes. Me imagino que se debe a que el arte audiovisual acompleja un huevo; suelo oír mucho eso de “el novelista sólo debe contar lo que sólo se puede contar en novela”. Estas sandeces surgen de complejos de inferioridad nacidos de confundir la apariencia con el fondo, porque la gran imagen del cine no viene dada por el encuadre o la iluminación, sino por la estampa en sí. Por lo que el cineasta ha decidido reflejar en pantalla, y esto se aplica a cualquier otro arte. Una sala de urgencias a la que no llegan las sirenas es una imagen, y es impactante sin importar el medio que la refleje.

Eso es lo que te da Lucia Berlin. Imágenes importantes (“deeply felt, emotionally important”) articuladas en base a la experiencia. Es una clase de honestidad de ésas que suelen calificarse como “brutales”, aunque nada tiene de brutal el describir un camión de la basura como “un dinosaurio gris”. Cuando Berlin termina un cuento dejándote claro que la narradora sigue odiando a su madre, no lo articula como un giro de la trama pese a que lo tenga a huevo, sino como algo cierto. Situándolo en el lugar exacto al que pertenece y dándole la importancia correcta. La que concierne a ella misma.

Lo bueno de escribir sobre alguien cuyas habilidades sobrepasan todo lo que tú podrás alcanzar en tu vida es que basta con citar algunos de sus pasajes para convencer a otros de su genio. Lucia Berlin es tan evidentemente buena escritora que no necesito anunciarla con trompetas: creo que su texto habla por sí misma. Pero voy a curarme en salud y terminar con la frase que Alfaguara eligió como broche para la edición española de Manual para mujeres de limpieza:

“En la profunda noche oscura del alma, las licorerías y los bares están cerrados”.

Lo dicho.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s