NOTA: Aquí se desvelan detalles de la serie hasta el final de la séptima temporada.

Mi escena favorita de Juego de Tronos es una que comparten Cersei Lannister y Meñique en la segunda temporada de la serie. Si estás leyendo esto lo más probable es que ya la hayas visto, pero yo por si acaso me permito resumirla: Cersei y Meñique hablan de intrigas para luego hablar de sí mismos, ella le mete una puya personal, él contraataca dando a entender que está al corriente de que juega al pilla pilla con su hermano y luego añade, satisfecho:

—El conocimiento es poder.

Cersei responde ordenando a sus guardias que lo maten ahí mismo sólo para cambiar de idea en el último segundo y, cuando un Meñique con los huevos por corbata le dirige una mirada asesina, ella replica:

—El poder es el poder.

Diría que ése fue el momento en el que me di cuenta de qué clase de contenido temático estaba manejando la serie, pero sería mentira: mi yo de entonces no repararía en estas cosas hasta unos años más tarde, pero el caso es que este intercambio tan sencillo me llamó la atención de una manera primitiva e inarticulada. Ahí había algo, pero aún no sabía expresar el qué. No es para menos, porque este momento constituía un microcosmos de la clase de argumento que Juego de Tronos trataba (y aún trata) de articular respecto a su tema principal: la naturaleza limitada del poder.

Veamos si he aprendido algo desde entonces.

Al estrenarse la séptima temporada, me encontré con que había vuelto “esa época del año”. Así están las cosas: de un tiempo a esta parte, las temporadas de Juego de Tronos se han convertido en “esa época del año” y eso no deja de hacerme mucha gracia porque en 2011 no esperaba que esta serie acabase apareciendo en el radar de todo el mundo, entiéndase aquí “todo el mundo” como “la ve hasta la contable de mi oficina”. Uno puede hablar de la excelente Westworld como “la nueva Juego de Tronos” tanto como quiera, pero la repercusión y el impacto que esta obra ha tenido en la cultura popular no son algo fácilmente replicable porque de verdad que lo ven casi todos los segmentos de la población. Esto me viene muy bien porque a) siempre disfruto más hablando de cosas que todo el mundo conoce, y b) no parecemos muy dispuestos a comentar esta serie más allá de sus detalles superficiales. Lo cual, en realidad, no supone un problema demasiado grande.

La discusión que rodea a cada nueva entrega de Juego de Tronos se centra más en preguntas como “¿qué ocurrirá después?” que en “¿qué es lo que la obra quiere decirme?” y eso… ¿está bien? Al menos hasta el momento en el que la textura de una obra mainstream sustituye a su contenido en la mente del receptor (cosa que pasó con, por ejemplo, El club de la lucha, film del que 80% de sus fans extrajo la lección equivocada). No parece ser el caso de la serie que nos ocupa, pero sí creo que merece la pena un textillo que trate de ahondar algo más en su contenido temático. A fin de cuentas, es La Serie Más Popular Del Momento y enriquecer la conversación sobre las cosas populares mejora la dieta cultural de todo el mundo. No quiero dármelas de nutricionista; sólo quiero aportar mi granito de arena. Como siempre. Si esto ayuda a que le saquéis más chicha a la obra de aquí en adelante, tanto mejor.

Ahora bien, si la pregunta es “cuál es el discurso de Juego de Tronos” la cosa está jodida por varias razones, siendo la primera de ellas el hecho de que se basa en una saga de novelas que encima conforman una novela río. ¿Os acordáis de la “premisa activa”? Podéis iros olvidando de aplicarla aquí, porque esta clase de sagas literarias aúnan como treinta de esas premisas en un mismo ramillete que por fuerza será siempre menos preciso en su “mensaje” que una obra de teatro, una película de dos horas o (ajá) una adaptación a la televisión. La novela es una de las ramas de la ficción que más licencia tiene para disparar a quemarropa y sin apuntar, de ahí que Canción de Hielo y Fuego no tenga “tema” al que aferrarse.

Oh, no os enfadéis, fans de los libros. La saga tiene inquietudes, desde luego, varias docenas de ellas. Pero no siguen un hilo temático principal, ni falta que hace; el problema viene cuando llevas a cabo una adaptación a un medio audiovisual que sí suele requerir algo más que disparos intuitivos de escopeta. Hay que seguir las pautas de una narración, uséase la del libro, que no sigue las pautas que tú deberías seguir, y eso de ninguna manera te exime de necesitar seguir dichas pautas porque tu ADN las reclama… sinceramente, es un follón de mucho preocupar. Esto no significa que Juego de Tronos (la serie; estableceré desde ya una diferencia entre CdHyF y JdT, si no es molestia) carezca de núcleo discursivo, sino que ese núcleo tiene que ser algo universal y de múltiples aplicaciones temáticas porque no le quedan más pelotas en una situación así.

El núcleo en cuestión es, en este caso, el poder. Juego de Tronos es una serie que habla de las dinámicas de poder y las variedades de poder que existen; de cómo las personas lo esgrimen, de cuál es su alcance y de qué consecuencias tiene obtenerlo, ostentarlo, emplearlo y perderlo. Pero habla, sobre todo, de la naturaleza incompleta del poder.

Constantemente.

“Yo creía que ser rey significaba que podría hacer lo que quisiera”, se lamenta Robert Baratheon en la primera temporada. Se trata de una escena entre muchas otras similares, pero esa pequeña frase subraya de manera concisa y certera una de las docenas de tangentes que la serie establece respecto a su tema central. No, Robert no puede “hacer lo que quiera” porque su posición de hombre más poderoso de los Siete Reinos no se lo permite. Porque ninguna posición se lo va a permitir, y eso es mortífero para un personaje que se cuenta entre los que piensan que ser poderoso equivale a poder (je) hacer cosas… Pero resulta que Robert ya no puede hacer las cosas que sí podía hacer antes de ser “el hombre que puede hacer cosas”, léase combatir y vivir aventuras en el camino. Todo lo que “puede hacer” en esa escena es meterse con el bobo de Lancel Lannister, una minúscula píldora de poder que en absoluto le satisface.

En realidad, Juego de Tronos tiene especial gracia cuando uno se pone a pensar en el poder real que tienen aquellos que se sientan en, ya sabéis, el trono. Este objeto es símbolo de la serie porque es un símbolo de poder, pero, ¿es realmente poderoso el que lo ocupa? ¿Era poderoso Joffrey, una alimaña incapaz de inspirar a nadie y al que todos odiaban? ¿Era poderoso Tommen? ¿Lo es ahora Cersei Lannister, rodeada de adversarios en una tierra que la preferiría ver muerta y con el Rosario No Muerto de la Aurora acercándose desde el norte? La respuesta es “sí, parcialmente”.

La respuesta a “¿tiene poder este personaje?” siempre o casi siempre es “sí, parcialmente”. A partir de aquí, el artículo podría extenderse diez mil palabras más sólo para ir describiendo a todos los personajes en base a la misma pregunta, porque en esta serie un personaje se define por la parcela limitada de poder (léase: fuerza, influencia, posición, habilidad o cualquier combinación de las cuatro) que tenga a su disposición. Hagamos unas cuantas pruebas breves:

¿Tiene poder Daenerys Targaryen? Ciertamente no en el primer capítulo de la serie; su historia es la de una persona cuya fuerza e influencia crecen de manera constante, peldaño a peldaño. La parte más obvia de este desarrollo es la de sus dragones, máximo símbolo de poder en la serie, pero la capacidad de destruir y atemorizar es sólo una de las muchas herramientas que Dany ha obtenido a lo largo de siete temporadas. Su ascenso comienza justo cuando comprende que Viserys no tiene ya influencia sobre ella y se mantiene a lo largo de una cadena de acontecimientos cuya esencia es siempre la misma: tomar conciencia de lo importante que ella es para los demás. Una vez entiende esto, Dany traza una raya entre aquellos que deciden utilizarla y aquellos que deciden seguirla (se han contado docenas de chistes con lo de “bend the knee”, pero es que la lógica del personaje es impecable: sabe que lo importante es determinar a qué lado de la raya está cada nueva persona con la que se topa). Lo que aprendió de Mirri Maz Durr, de Xaro Xoan Daxos y de Jorah Mormont fue preguntarse: “¿soy una herramienta para esta persona?” Esto es lo que le permite lidiar con individuos como Tyrion Lannister o Varys sin poner en peligro su posición; la conciencia de sí misma como alguien importante.

El poder de Dany se basa en dos cosas: la capacidad de conquistar, basada en su ejército y en sus dragones, y la capacidad de inspirar a otras personas para que la sigan y obedezcan sin esperar nada a cambio. A la hora de escribir estas líneas, seguramente se trate de la persona más poderosa del mundo entero y, sin embargo, sigue siendo una nefasta gobernante. Quedó demostrado en La Bahía de los Esclavistas; su influencia se limita a situaciones que le permiten situarse prácticamente cara a cara con aquellos a quienes pretende influir, e incluso esto es insuficiente cuando trata de lidiar con el iracundo pueblo de Mereen. La clave de su fuerza es también su debilidad; está tan por encima del pueblo llano que no puede concebir otro escenario que el ideal ya forjado en su cabeza. Fue esta incapacidad para comprender los entresijos de la sociedad sobre la que pretendió reinar lo que le costó el exilio, y sólo se sobrepuso gracias a sus dragones y a su capacidad de causar impacto inmediato en una audiencia. Es una buena líder y una terrorífica rival militar, pero nada indica que sea alguien adecuado para llevar una corona.

¿Tiene poder Tyrion Lannister? Esta pregunta es interesante porque uno se puede imaginar cuál sería el personaje más formidable de la serie: Tyrion, si tuviera el cuerpo de su hermano Jaime. Estamos hablando no ya de de alguien brillante que además ocupa una posición social y económica privilegiada, sino de alguien capaz de sobreponerse echando mano de una de esas dos fuentes de poder cuando la otra falla (como quedó patente en el Nido de Águilas). Es, sin duda, un hombre influyente y con recursos… pero también es una criatura deforme y aborrecida por todos salvo un puñado de personas que le conocen muy de cerca. En cierto modo, es lo contrario de Dany: un excelente gobernante con nula capacidad para inspirar a otros o para ejercer la fuerza militar. Incluso en la batalla del Aguasnegras, con toda la potencia de Desembarco el Rey a sus espaldas, sólo pudo vencer con tretas, humillándose a sí mismo para motivar a sus hombres (“¡me llaman Mediohombre! ¿En qué lugar os deja eso a vosotros?”) y con la ayuda in extremis de su padre.

¿Tiene poder Jon Nieve? Aquí tenemos un caso curioso porque Jon es a) el personaje que más ha cambiado su contexto social en relación con el limitado ámbito geográfico en el que ha operado, y b) el más alejado de la premisa temática central de la serie.

Al contrario que Dany, Jon cambia mucho sin casi moverse del sitio. En Invernalia era despreciado, pero también tuvo la mejor instrucción militar posible; precisamente eso es lo que le hace ser superior a todos los demás cadetes del Muro… y lo que le aparta de ellos, al ser incapaz (inicialmente) de ponerse a su altura emocional. Su poder proviene, inicialmente, sólo de su destreza y fuerza físicas, cosas que más adelante le proporcionan cierta posición de líder… pero acaba cayendo víctima del mismo problema que tuvo Dany: no ser capaz de entender cómo piensan sus subordinados. Un problema que le cuesta la vida, al menos durante un rato, y el fallo que yo encuentro en su resurrección radica en que Jon no parece haber aprendido gran cosa de todo este asunto. El tío sigue buscándose problemas por hacer lo que él se empeña en que es lo correcto, y la serie no termina de decidir cuándo ha de premiar este comportamiento, cuándo ha de penalizarlo y qué significan ambas cosas. Me atrevería a decir que este señor, personaje medianamente interesante por sí mismo, es el punto flaco de Juego de tronos precisamente porque nos habla del valor de la sinceridad y el honor en una historia que simplemente no va de eso. Jon no construye un discurso sobre el poder, sino sobre la dignidad; es un personaje que pertenece a una obra diferente, y eso duele. Al menos, a mí me duele. Volveremos a esto más adelante.

Sea como sea, estos tres personajes van primero en esta ristra de ejemplos por ser las tres cosas que Juego de Tronos plantea como más cercanas a “protagonistas”. Distan, eso sí, de ser los ejemplos más jugosos. ¿Qué hay de Brienne de Tarth, quizá el personaje más físicamente formidable de todos (con perdón de la Montaña) y también uno de los más incapaces a la hora de influir en la mente de los demás? ¿Qué hay de Jaime Lannister, espadachín invencible (¡hasta que le cortan la mano!), guapo, rico e hijo de poderosos, pero también el hombre más despreciado de los Siete Reinos? ¿Y Varys, el todopoderoso informador al que nadie ama? ¿Y qué decir de Robb Stark, alguien que podría ocupar ahora mismo el Trono de Hierro de no haber sido más políticamente tonto que el asa de un cubo? Y podría dedicar un artículo entero aparte a la figura de Sansa, magnífico personaje que durante mucho tiempo personificó la impotencia y que ahora ha dado un giro que yo no tenía previsto. “Sé lo que quiere”, dice Sansa, refiriéndose a Meñique. Le basta con comentarlo para que nos quede claro cuánto ha avanzado el personaje a lo largo de los años, y el final de la séptima temporada deja aún más claro qué poder ostenta, en base a qué y con qué propósito.

¿Qué parcela limitada de poder ocupan, en definitiva, cada uno de los personajes de esta historia?

Había muchos espectadores que consideraban a Meñique como el favorito para ganar “el juego”, pero ignoraban lo que quedó patente en la escena que describí al principio del artículo: que ese tío sólo contaba con una parcela incompleta y muy obvia de poder. No era un líder, no era un soldado y no era alguien que inspirase otra cosa que asco. Únicamente sabía aprovecharse de lo que querían los demás; eso no le habría servido de gran cosa ante, por poner un ejemplo, cualquier khal dothraki. “Lo que no sabemos nos suele matar”; así es como entendía el mundo Petyr Baelish, y pensaba que esa era la única verdad que importaba. Todos los que hemos visto la séptima temporada sabemos cómo terminó la cosa.

También hablé de ella al principio, pero uno de los personajes que encuentro más fascinantes es Cersei Lannister porque nadie más personifica como ella el poder entendido como capacidad para ejercer la violencia. Si tuviera que elegir una escena para presentarla a alguien que no la conociera, elegiría Esa Escena de la temporada 6. No, la del septo de Baelor no; Esa Otra Escena. Aquella en la que un Gregor Clegane zombificado mantiene a raya a todo un escuadrón de fanáticos religiosos porque ella se lo ordena. Se trata de un momento que subraya de manera maravillosa la naturaleza siempre parcial del poder; el Alto Gorrión controla toda la ciudad y ha relegado a Cersei a una minúscula parte de la Fortaleza Roja, sí. Ella ha sido despojada de casi todo su dinero, contactos y posición social, sí. Pero el caso es que ni uno solo de estos fanáticos puede ponerle un dedo encima porque nadie puede pasar físicamente de su guardaespaldas. “Elijo la violencia”, dice Cersei, y ese instante captura con meridiana claridad la clase de persona que es, cómo piensa, qué quiere y qué cree necesitar para conseguir lo que quiere. Elige la violencia porque cree que es lo que funciona (“el poder es el poder”) y porque ha visto que todo lo demás le ha fallado, y es la violencia cruda lo que la acaba subiendo al trono. ¿Por qué no iba a ignorar los avisos de su hermano cuando dice, con razón, que es una monarca a quien nadie apoya ya? Sabe qué es el poder. O cree saberlo. Lo más probable es que muera creyendo aún que “el poder es el poder”. Supongo que pronto lo sabremos.

También es Cersei la que nos brinda otra excelente y por desgracia poco llamativa escena en la séptima temporada: su encuentro con el viscoso portavoz del Banco de Braavos. La manera en la que cada personaje intenta ponerse encima del otro con cada frase es tan interesante como la actitud de Cersei ante su rival/aliado: cada frase es un mandoble y cada argumento es un paso adelante con el escudo levantado. ¿Cómo logra convencer finalmente al emisario del banco? Señalándole la posibilidad no de ganar poder, sino de perderlo ante Daenerys y sus aliados. Un curioso microrrelato sobre las interacciones existentes entre grupos de élite que se autoperpetúan, esta escena. Es una pena que no la comentemos más, pero, como apunté antes, es una de muchas.

De pronto se me vienen a la cabeza muchas más frases, muchos más momentos. Roz diciéndole a Theon Greyjoy que “pensaba que era alguien importante en Invernalia”. Importante en calidad de noble, claro, pero despreciable en su faceta de rehén e hijo de rebelde. Recuerdo también las palabras de Viserys Targaryen, ese otro tonto del culo: “¿quién puede gobernar sin dinero, miedo o amor?” Importante el uso de la partícula “o”. Parece creer que cualquiera de esas tres cosas es suficiente para ser lo bastante poderoso, pero ignora que incluso las tres a la vez no serían nunca suficientes. Porque el poder es, en su esencia más pura, algo incompleto. Algo que siempre se queda corto.

Lo cual nos lleva, por fin, a la muerte.

El acto de quitar una vida como exhibición de poder e influencia sobre otro ser humano es tan constante en la serie que acaba siendo una broma recurrente (¡Valar Morghulis!), y si tenemos que hablar de ello tenemos que hablar, evidentemente, de Arya Stark. Todo en ella se enfoca en perfilar el coste, que no la consecuencia, de asesinar a otra persona: su lista de nombres, sus consignas repetidas hasta la saciedad y su meta final, la más clara e inamovible de todos los personajes, constituyen un fresco tan intrigante y bien hecho que fastidia un poco ser testigo del quiebro raro que da el personaje en la séptima temporada al acudir a una Invernalia donde a estas alturas no se le ha perdido nada y en la que poco puede desarrollar la base de su personaje más allá de cuatro pinceladas. Sea como sea, esta mujer va de una cosa y sólo de una: de la capacidad de matar entendida no como herramienta para ejercer el poder, sino como muestra de poder en sí misma. El objetivo no es lo que pasa cuando matas a alguien, sino matar a alguien. Algo que Arya, vehículo humano que sirve de introducción a este fragmento imprescindible del discurso, tiene bastante en común con los Caminantes Blancos.

La presencia de los muertos en una historia caracterizada por tener bastantes matices de gris es un poco cómica porque ni el Rey de la Noche ni ninguno de sus súbditos tienen otro modo de actuar que no sea “matar lo que está vivo”. Su importancia real reside en que conforman la entidad unificada más poderosa de toda la obra, y ese poder viene dado por su capacidad de dominar no figurativa sino literalmente mediante el asesinato. La premisa temática fundamental de la serie, destilada y reducida a sus trazos esenciales; su manera de obtener poder es la versión más literal posible de la idea que domina a todas las demás maneras: cuanto más matan, más poderosos son. Los Caminantes Blancos conforman así el marco que engloba a todas las demás formas de poder en una serie que, según mi razonamiento, trata de cómo el poder es algo esencialmente incompleto… y así es como llegamos a la pregunta final, que es, deduzco, la pregunta que la serie plantea como elemento unificador y cuya respuesta aún no se ha dado:

“¿Existe realmente el poder absoluto?”

La razón por la que ésta sigue siendo una pregunta sin responder es que aún no sabemos quién vencerá en el enfrentamiento final entre vivos y muertos. Si la esencia del poder es la capacidad de matar (o, al menos lo es en esta propuesta), ¿es ése el poder absoluto, como parece sugerir el dicho “Valar Morghulis”?

Es tan sencillo como eso: si los Caminantes vencen, el poder absoluto (es decir, el poder de matar, entendido aquí como máxima forma de influencia que uno puede ejercer sobre el prójimo) existe. Si vencen Jon, Dany, Tyrion o los que sea que queden vivos en el último minuto de metraje de Juego de Tronos, el poder absoluto es una ficción y se demostrará como cierta la propuesta de que el poder es algo fundamentalmente incompleto y limitado por el contexto que lo rodee. Ése es el conflicto principal, ése es el discurso que se plantea y tal es el ritmo que gobierna a esta orquesta, sean cuales sean los instrumentos musicales que la compongan.

Podría poner aquí el punto final, pero no está de más dar más detalles respecto a qué me refiero cuando hablo de “discurso”. Aquí estoy planteando la idea de que una serie de televisión mastodóntica en su envergadura y alcance reduce todo su contenido temático a una sola cosa y esto es algo que irrita con justicia a cualquiera que lo lea y tenga la mitad de las neuronas en su sitio. ¿Cómo va a ir Juego de Tronos sólo de la naturaleza del poder cuando también trata dos docenas de temas más? Mi respuesta  esto es que no, la serie realmente no trata “sólo de eso” porque es obra de seres humanos y los seres humanos rara vez dedican toda su atención a una sola cosa. Claro que tiene legitimidad plantear a Jon Nieve como un alegato pro-sinceridad en tiempos de políticos mentirosos; lo que pasa es que esto siempre tiene un coste. El coste de la imprecisión, que siempre viene dado en mayor o menor medida y que resulta inevitable en producciones tan extendidas en el tiempo. No se trata tanto de que arruine la obra como de que existe y el espectador lo percibe sea o no capaz de expresar por qué ciertas cosas le causan malestar.

Podemos decir, así pues, que el poder que Juego de Tronos ejerce sobre aquellos que la ven es limitado.

Os quiere, Jejé Lapresa.

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2 comentarios en “Juego de Tronos y la naturaleza limitada del poder

  1. Gran articulo, debo añadir que no estoy de acuerdo con que el núcleo central sean las dinámicas de poder, creo que tira más por la forma en la que los personajes afrontan la muerte (suya o de otros) pero te expresas con una labia que ya me gustaría y arrojas un pelín mas de luz sobre el puzzle que es Canción de Hielo y Fuego.

    Leer cada libro es una experiencia que… espera… ¿¡La serie!? ¿¡LA SERIE?! (saca el hacha de guerra)

    Bromas aparte, muy interesante, de verdad. Y eso de que explicar tu interpretación de cada personaje tomaría miles de páginas… Tu, Yo, Internet, demasiado tiempo libre… Piénsalo.

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