Yo estaba cursando segundo de Comunicación Audiovisual cuando me tocó estudiar El Nacimiento de una Nación (1915), de D. W. Griffith. Esta cinta se considera una de las más importantes de la historia del cine por haber introducido las bases del lenguaje cinematográfico moderno y especialmente por haber inventado (en términos históricos) el montaje paralelo; dos escenas que transcurren al mismo tiempo en espacios separados, ilustradas mediante un montaje que va cambiando de un lado a otro en tiempo real. Ahora, esta técnica es un mínimo que damos por sentado; entonces, era algo tan rompedor como lo fue la introducción de la perspectiva en el Renacimiento italiano. Desde el punto de vista de la técnica, El Nacimiento de la Nación es un hito indiscutible.

También es una historia en la que el heroico Ku Klux Klan persigue a los malvados negratas de la Unión, que han venido a violar a sus mujeres.

¡Hmmmm!

Cuando estudias cine, y especialmente cuando eres un jovencito más bien “normal” a quien aún nadie ha puteado por no ser tan normal como te crees que eres, sueles verte ante el clásico problema de “esta obra es genial, pero también es rancia”. El Nacimiento de una Nación es uno de los ejemplos más sonados. También lo es El Triunfo de la Voluntad, famosa pieza de propaganda nazi elaborada por Leni Riefenstahl que acabó sentando muchas de las bases de su género debido a su efectivo y rompedor uso de la cámara, la música y la fotografía. Esto es algo que pasa constantemente cuando uno revisa películas antiguas: “brillante, pero problemático”. Cada estudiante reacciona ante esto de manera diferente. Yo, como era un joven y lozano tonto del haba, elegí pensar que aquella “era la época” y justificar constantemente (en el caso de El Nacimiento de una Nación) esas chiquilladas de klansmen matando negros porque, a ver. Era la época. Suele ser la excusa estándar del cinéfilo enteradillo recién horneado. Que era “la época”.

Hasta que llega Spike Lee (escoltado por los guionistas y productores que iniciaron el proyecto, Charlie Wachtel y David Rabinowitz) y te suelta un guantazo bien dado, usando para ello las armas que le proporciona el enemigo y animándose a señalar que si algo parece un pato, nada como un pato y grazna como un pato, entonces es probablemente un pato del Ku Klux Klan. Eso es lo que me pasó ayer a mí viendo su excelente Infiltrado en el Kkklan (de ahora en adelante llamada BlacKkKlansman, para hacer honor al estupendo chiste de la versión original). Que me dieron un merecido guantazo.

La trama de la película cuenta con la ventaja de ser, a priori, divertidísima: el primer policía negro de Colorado Springs, Ron Stallworth (John David Washington), establece contacto con la célula local del Ku Klux Klan en calidad de infiltrado. Cuando le proponen quedar en persona, el pequeño inconveniente de que Ron es negro le obliga a enviar en su lugar a su compañero judío Flip Zimmerman (Adam Driver, cuya actuación me ha obligado a escribir una nota a pie de artículo lamiéndole el ojete). Lo que sigue es un thriller emocionante y divertido hasta que de pronto deja de tener la menor puta gracia; una maravilla que os animo a descubrir por vosotros mismos ahora que aún está en cartelera, porque aparte de tratarse de dos horas que pasan como si fuesen una y de constituir una demencial historia real, es un film que no se anda con ningún tipo de tonterías a la hora de delimitar y señalar tanto culpables como víctimas. La ultraderecha ha existido siempre y es una amenaza a erradicar, no algo que relativizar ni ante lo que no posicionarse; una tesis clara y sólida. La película va a muerte con ella, y usa todas las herramientas a su alcance para subrayarla. Incluyendo, así es, el montaje paralelo que inventó H. W. Griffith.

El uso del montaje paralelo es constante en BlacKkKlansman. Se trata, o al principio eso parece, de un requisito del propio planteamiento: hay un individuo a un lado del teléfono que intenta hacerse pasar por otro, y luego ese mismo individuo escucha a su compañero infiltrado desde un coche, mediante un micrófono, en tiempo real. Claro que hay que intercalar escenas, la historia así lo exige. No obstante, según avanza la trama uno empieza a ver momentos en los que este montaje se emplea incluso cuando no es estrictamente necesario, deformando a ratos la línea temporal para que dos sucesos que ocurren uno tras otro se narren “a la vez”. Estuve bastante tiempo pensando en el el porqué de esta decisión (que parecía sacrificar claridad a cambio de unas migajas de tensión transitoria) hasta que llegó la escena clave: la de los miembros del KKK reuniéndose para ver, entre risas y jolgorio… El Nacimiento de una Nación. Su película favorita.

Vemos a esta repugnante gentuza del KKK encabezada por un David Duke (Topher Grace, acierto total de cásting: dan ganas de afeitarlo a hostias) tan ridículo como aterrador riéndose mientras los temibles pero estúpidos negros de la película son derrotados por sus heroicos antepasados de “la Organización”. Vemos a las mujeres de los klansmen vitorear en una escena en la que unas mujeres “blancas americanas” escapan de sus malévolos perseguidores negros huyendo por una trampilla (escena que recuerdo haber estudiado en la carrera como ejemplo de prototípico montaje paralelo; ves a los perseguidores aporrear la puerta en el pasillo mientras las mujeres huyen en un escenario diferente). Esta espantosa escena se intercala con una reunión de activistas afroamericanos universitarios escuchando el escalofriante relato de un viejo luchador que escapó por los pelos de la muerte a manos del KKK… y se intercala mediante el uso, cien por cien consciente y deliberado, de la técnica que implementó Griffith en El Nacimiento de una Nación. El montaje paralelo.

Spike Lee no puede dejarlo más claro. “Sí, es una técnica excelente, lo reconozco. Mira cómo la uso para señalar que el que la inventó era un racista repugnante que hacía apología de su ideología de mierda a través de su película de mierda”.

Vivimos en tiempos siniestros donde nos vamos a retratar en base a nuestras prioridades. Esto es algo que me viene a la mente cuando recuerdo una escena de BlacKkKlansmen, seguramente mi favorita por tocarme la patata a nivel personal, en la que Flip Zimmerman* se sincera con Ron Stallworth sobre lo que el hacerse pasar por un miembro del KKK le está haciendo plantearse. Me permito parafrasear:

“Soy judío, pero no me crié como tal. Ni siquiera pasé el Bar Mitzvah. Tengo ‘passing’, por así decirlo. Siempre he vivido como un tío normal. Pero ahora he tenido que mirar a ese cabrón a la cara y decirle que el Holocausto fue algo bueno; he tenido que decirle que yo no soy ‘un puto judío’. Y lo que antes no me importaba es algo en lo que ahora no puedo dejar de pensar”.

Yo nunca he tenido problemas ni traumas debido mi condición de hombre bisexual con hábitos de crossdressing hasta hace poco más de un año, cuando me encontré con la realidad de que hay, efectivamente, un grupo muy grande de personas que me querrían ver muerto o encarcelado por ser quien soy. Cuando me empecé a juntar con gente como yo a la que han agredido de verdad. Cuando miré al mal a la cara. Para mí fue igual que para Zimmerman: lo que antes no me importaba es algo en lo que ahora no puedo dejar de pensar. No puedo dejar de pensar en que no llamar “pato” a un pato puede ser un error terrible e irremediable. No llamar ultraderecha a la ultraderecha es algo espantoso. Y lo ha sido siempre. Hoy y en 1915. Siempre.

BlacKkKlansman termina con imágenes reales de un discurso de Donald Trump en el que afirmaba que las personas que en 2017 marcharon con antorchas gritando “white lives matter” eran “gente muy decente”. Termina con imágenes del atentado terrorista de ultraderecha perpetrado en Charlottesville, donde Heather Heyer perdió la vida arrollada por un coche a cuyo volante iba un asqueroso nazi. Lo hace porque sabe que vivimos en tiempos de auge fascista y totalitario en el que andarse con gilipolleces y relativizar a la ultraderecha es algo que ya no nos podemos permitir. El mensaje es claro: éste es el enemigo. No es otra cosa que eso: el enemigo, que mata y esclaviza hoy, aquí y ahora.

Éste es el enemigo, así que a por él. Con sus propias armas, si hace falta. Y hay que llamarlo siempre por su nombre.

Es un mensaje que no habría apoyado en mis años de carrera. Por fortuna, ahora soy otra persona. Ahora soy un poco menos gilipollas, y sé que hay cosas en las que no puedo dejar de pensar. Porque no debo.

Porque nunca debí.

*Debo recalcar lo colosal, COLOSAL de verdad, que está Adam Driver en esta película. Este hombre es una especie de generador de energía actoral que potencia a todos los que le rodean. La vida es un videojuego y Driver tiene una habilidad pasiva rotísima de “actuación +20% en un radio de 10 metros”; no hay otra explicación. Hay un momento en el que su personaje tiene que fingir hablar “como un negro” y el tío clava lo casi inclavable: la tarea de interpretar bien a un personaje que intenta actuar bien y lo hace mal. Para caerse de espaldas.

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