Mi tía tiene cáncer y acabo de ver The Last Jedi con mis padres. Estoy sobre un colchón viejo en un cuarto trastero de la casa de mis tíos en Valladolid y mañana, día de nochebuena, me espera otra jornada difícil. Creo que todos duermen, así que dejad que os cuente una historia. Una que va sobre cómo las historias nos afectan.

La primera entrega de Star Wars, aquella a la que yo me limito a llamar La Guerra de las Galaxias, es mi película favorita. De hecho, es mi historia favorita. Desde niño. No puedo deciros cuántas veces he visto el clímax de ese film, pero sí dejar claro que eso da igual porque la explosión de la Estrella de la Muerte me pone los pelos como escarpias cada vez. Es una narración que llevo en los huesos por simple virtud de oportunidad; era un niño cuando la vi, y ha acabado siendo semilla de muchas de mis fijaciones. Monstruos, naves, guerreros nobles, espadas luminosas, mundos extraños que explorar y aventuras imposibles que vivir. La Guerra de las Galaxias constituye mis orígenes. Para mis padres, no; ellos sólo la consideran una divertida película que le gusta mucho a su hijo, y como tal se limitan a apreciarla.

Pero ellos tienen ahora la edad que tienen Luke y Leia en The Last Jedi, y eso es algo en lo que acabo de caer en la cuenta ahora.

“Transmite también el fracaso, sí. Oh, el fracaso sobre todo. El mayor maestro, el fracaso es”. La lección final de Yoda al viejo Luke fue el único momento en el que mi madre expresó verbalmente su aprobación: “esto está bien”, murmuró desde el sofá. Es su hermana la que tiene cáncer. Es sobre ella sobre quien recae el mayor peso de todo esto. No entraré en detalles, pero la situación actual de la familia de mis tíos no sólo es crítica: es, en cierto sentido, irremediable. Salga bien o no el asunto médico (y, aunque aún queda esperanza, no nos hacemos ilusiones), hay algo que yo le he dicho hoy a mi madre: no podemos crear felicidad. La familia de mis tíos no tiene final feliz. No lo veo posible. Y si bien en la vida real no se puede hablar de fracaso absoluto jamás, esto es lo más cercano que he visto a eso. No sabemos qué hacer, pero lo hacemos. Yo no sabía que podía ser adulto, pero lo soy.

Adulto… antes pensaba que había un momento en el que te convertías en uno y lo sabías ya todo. Ahora, soy yo el que voy a encargarme de vender la casa de mi abuela. Yo solo, porque nadie más puede. No estoy en absoluto cualificado para la tarea, pero ha recaído en mí. No sé cómo voy a hacerlo, pero lo haré. Me las apañaré. Resulta que ser adulto era esto; no saber nada, tener opción de tirar la toalla y sufrir las consecuencias de ello… o poder seguir adelante, sin tener ni idea de qué hacer a continuación, y acabar haciendo algo valioso.

Como Luke. Je.

Luke Skywalker, protagonista de mi película favorita, nunca fue mi personaje favorito. Ahora, hoy, aquí en la soledad de este cuartito, sí lo es. Lo es en su faceta de adulto perdido y abrumado que pese a todo puede llegar en el momento de más necesidad. He mirado su rostro imperfecto, plagado de arrugas y venas encendidas en los ojos, y he visto el de mi padre. He visto a mi padre verle y preferir como personaje… a DJ, que por alguna razón le pareció muy interesante. Aún no entiendo muy bien a mi padre, pero él también ayuda. Él tampoco sabe cómo, pero ayuda. Hoy, hemos conseguido convencer a mi madre para que deje de acarrear todo el peso de esta desgracia sobre sus espaldas. No lo habría conseguido sin él. Gracias, papá. Aunque no entiendo por qué te gusta lo que te gusta. Eres un hombre curioso.

Mi madre tiene la edad de Leia, pero a quien Leia me recuerda más es a mi tía. Mi tía, piedra angular de esta casa, ha quedado fuera de juego, y aquí ya no hay gobierno como no lo había en la Resistencia sin Leia. Ahora, mi tía viste una bata blanca de hospital. Se parece mucho a la que viste Leia cuando tumba a Poe Dameron de un disparo aturdidor (mis padres se rieron con eso). Mi tía es alguien inconmensurable. Pequeña, arrugadita, extremadamente poderosa; una montaña de cuarenta kilos y metro cincuenta y cinco. Incluso las montañas se derrumban, tarde o temprano. Carrie Fisher lo hizo, y ella también era inconmensurable; murió más joven que lo que son mis padres ahora, y su papel en esta película me afecta más allá de cualquier expresión. Cuando Leia sentencia, golpeando suavemente con su bastón el suelo, que “la esperanza se ha extinguido”, miré a mi madre. No supe leer sus pensamientos. Quizá ese momento no significara para ella nada en especial. Quizá esta película sólo sea para ella un simple entretenimiento, un escape a estas jornadas infernales. Pero sonrió al ver aparecer a Luke por esa puerta. Sabía quién era Luke Skywalker, porque salía en la película favorita de su único hijo.

Normalmente escribo con un plan, pero necesitaba sacar esto y ahora me es difícil vaciarme del todo. Comparaciones, no dejo de establecer comparaciones. Tengo la edad de Ben Solo, pero no es a mí a quien Ben Solo me recuerda. Es a otra persona de esta casa. Alguien de quien sólo diré una cosa: siempre se me ha comparado con él. “He venido a enfrentarme a él, Leia, y no puedo salvarle”. De manera retorcida pienso: “¿cómo de lejos estoy realmente de ser Kylo Ren?”.

“¿Qué me separa de mi felicidad actual y el fracaso que tengo en la habitación de al lado?”

Esto es lo que pasa con las películas, con las historias. Que conectan con lo que ya tienes tú dentro. No sé si The Last Jedi habrá activado algo dentro de mi padre. Siempre fue un hombre hermético. Tampoco sé si mi madre habrá pensado algo trascendente, si habrá establecido comparaciones. No es una mujer que dé tanta importancia a las personas inventadas como yo. No tengo muy claro por qué de estas dos personas salió alguien como su hijo. Pero les quiero mucho.

The Last Jedi es una historia siniestra, gris, deprimente. Es poco adecuada para entretener a personas que sufren en la vida real. Pero termina con un grupo de gente sucia y desordenada en una nave vieja llena de chatarra y recuerdos… un grupo de gente haciendo planes. Pensando en el futuro. “Tenemos todo lo que necesitamos”, dice la general Leia. Sus últimas palabras como personaje en esta saga.

Quizá aquí también pase lo mismo. Hace meses que no estamos los tres, mi padre, mi madre y yo, juntos. Quizá ahora tengamos todo lo que necesitamos. En cualquier caso, el fracaso es nuestro mejor maestro.

Ser un adulto no es lo que yo creía, pero hay una cosa que me hace sonreír de todo esto: pese a todo, años más tarde, sigue gustándome Star Wars.

Que la Fuerza os acompañe a todos.

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Un comentario en “He visto The Last Jedi con mis padres, y necesitaba escribir esto

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